NO TE VAYAS
Ludmila Vinogradoff. Barcelona, 9/9/2009.
Eran las 5:00 de la mañana, estaba oscuro todavía cuando me pediste que te acompañara al baño. Me levanté a tientas de la cama, sujetándome de los muebles de la habitación para no caerme. Esa noche no había dormido bien, apenas una hora seguida, como todas las noches anteriores, durante los últimos diez meses.
Le había cambiado la bolsa de glucosa una hora antes. Era su riñón artificial. Le había dado sus pastillas y le había puesto las inyecciones. La diálisis peritoneal parecía que no le hacía bien como al principio, le inundaba por dentro y su cuerpo hacía aguas por todas partes. Se estaba ahogando en su propio líquido. Los pulmones ya estaban perforados.
Sus brazos me rodearon con desesperación en la penumbra. Muchas noches sus manos frías buscaban mi cuerpo para calentarse. Otras veces para darme cariño. “?Tú me quieres?“, me preguntaba a cada rato, “claro que sí, pero duérmete, que ya es tarde y debo levantarme temprano”, le respondía volteándome hacia el otro lado de la almohada.
Sus manos seguían acariciándome estando dormida. Todos los domingos al amanecer encendía la tele para ver las carreras de la Fórmula 1 y se ponía frenético cuando ganaba Alfonso, o cuando Rafael Nadal se imponía en las canchas de tenis. “¿Viste que ganó un español?”, preguntaba orgulloso, “sí mi vida, ya lo ví”, decía, pensando en cuándo lo haría nuestra “Vino tinto”.
Entre semana no se perdía ningún partido de la Liga, el campeonato de Europa o la Copa del Rey, y ni hablar de los mundiales del futbol. Eso era una fiesta con apuestas y calendario en mano. Programábamos los partidos con paella marinera, cerveza y whisky. Mi paella se había hecho famosa. Había traspasado la frontera nacional. Hasta en Madrid la comentaban los que la habían probado.
Cuando perdía el Barca te enfadabas, te encerrabas en ti mismo y no hablabas con nadie durante una semana. Te enfurecía lo que estaba ocurriendo en el país. Eras un fosforito cuando veías las noticias de la tele. No es que te enfermaran los medios porque mostraban la realidad de lo que tu mismo veías en la calle, sino porque “enfermaban al gobierno”. Los medios eran un espejo, un reflejo. La realidad era la que te enfadaba. Decías que no pasaría de este año, que las cosas iban a cambiar, que “los venezolanos iban a despertar, que no te preocupes mujer, de este año no pasa”. Así me lo decías año tras año. Y todavía sigo esperando el milagro.
Adoptaste la Barcelona venezolana, quisiste vivir y morir aquí como un simple inmigrante, alegre y bello con ese acento que tanto gusta a las criollas, pero que no tiene nada que ver con la ciudad Condal donde naciste. Lo hiciste por el nombre nada más. Y por su cercanía al mar. Había muy pocos catalanes en esta ciudad como para haber hecho con su influencia una Barcelona española en miniatura. O algo que destacara por su gentilicio.
Apenas quedan unas ruinas llamadas el Fuerte en el centro de la ciudad como huellas de ese pasado de 500 años y unas cardeñas, que son una escultura de bailarines entrelazados, que aquí se las conocen como la redoma de los pájaros. En verdad ninguna organización catalana se ha propuesto trasplantar aquí las ramblas y los balnearios porque hubiera sido algo magnífico contar con esas bellezas en la capital del estado Anzoátegui.
”Ayúdame a sentarme”, me pediste. Tus ojos agonizantes me miraron fijamente, como si me suplicaran que no te dejara por nada del mundo, como si tus ojos fueran a mirarme por última vez. ¿Y cómo te iba a dejar, mi amor, si eras toda mi vida, mi tormento y mi alegría.?. Me abracé a ti, apreté tu rostro contra mi pecho y empecé a llorar, a sentir angustia, a temer lo peor.
Tus brazos me soltaron y cayeron vencidos abajo. Tus ojos se cerraron solos. Te quise besar pero más que un beso te di aliento, el oxígeno caliente de mi garganta, para que pudieras respirar. Creo que fueron como cuatro veces que repetí la operación mientras te masajeaba el corazón y te gritaba: ¡No te vayas¡, ¡No me dejes¡, ¡Coño yo te amo¡, repetidamente.
Tu cuerpo aún estaba tibio. Pesabas mucho, unos 80 kilos, y no podía cargarte, así que te arrastré suavemente por el suelo y te puse una almohada. Te medí la tensión y la tenías entre 110 y 70. Te sentía tibio, todavía con vida y pensaba que era otro de tus desmayos. Después tus ojos nunca se abrieron más ni siquiera para que yo los pudiera cerrar o para mirarme por última vez, ni tus oídos me escucharon gritar lo mucho que te amaba. Sólo el silencio en la penumbra se quedó con mis gritos: “¡No me dejes, mi amor, yo te amo¡”.
domingo, 13 de septiembre de 2009
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