No hay estudios sobre el color de la piel de la población venezolana, de su clasificación por razas y el porcentaje respectivo. Y no lo hay -dicen los especialistas-, porque nadie ha querido saber cuánta sangre negra, blanca y amerindia de los antepasados corre por sus venas. Si lo averiguaran se llevarían más de una sorpresa. Y es que los venezolanos “somos café con leche, unos tienen más café y otros más leche que los que tienen más leche por tener más suerte”, dice a este Blog el sociólogo Antonio Cova, experto en la materia. Y el mote de “la negra” o “el negro” es más por cariño que por la negrura de su piel.
Cova añade que durante la colonia española –hace 500 años- se intentó clasificar minuciosamente a la población pero el censo se quedó corto al nominar “un cuarterón, el otro tres cuartos y el otro negro o blanco puro”, lo que científicamente no era un estudio serio. La mayoría de los conquistadores había emigrado a México buscando el Dorado. Y los españoles que se quedaron en Venezuela, haciendo de las suyas, prefirieron aparearse con las indias y las negras para desahogar sus noches solitarias y así multiplicar la especie.
De ahí que nadie puede ocultar “una gota, un cuarto, o un tercio” de sangre negra africana, de la indígena o de la blanca europea que son los tres grupos que conforman la gran raza y poderosa del mestizaje nacional. Este es un patrimonio humano, un arco iris racial, que ha dado su fruto con las once coronas de la belleza universal y mundial ganadas como ningún otro país. Todavía no se ha hecho un monumento a la beldad venezolana. La mezcla de colores también ayuda a combatir el racismo.
En el reconocimiento público al aporte de la inmigración africana sólo tenemos a “Negro I” como protagonista de primera fila en la lucha por la independencia al lado de Simón Bolívar. Sus estatuillas y estampas abundan especialmente en el sector de los devotos yerbateros y santeros. Una vela semanal y un rezo pueden cumplirle su deseo.
La segunda estatua que registra la inmigración forzada africana es la Negra que develaron recientemente en el boulevard de Barcelona, capital de Anzoátegui. Está tan mal hecha y marginada que su piel, en menos de un año de exposición al sol, ya se está descamando, lo que deja ver su fondo blancuzco y grisáceo.
Los afrodescendientes, que dejaron su vida en el país, se merecen algo mejor que la escultura mal hecha del boulevard barcelonés. Dicen que su monumento de líneas redondeadas, que hoy día sirve para echar botellas de cerveza vacías y ron de los bebedores, recuerda su fogosidad recostada en el pedestal donde la han colocado. Lástima que sus habilidades con la cadera, al son del tambor, no se ven reflejadas en la escultura. Ella ganó sus “15 minutos de fama” a punta de generosidad y desprendimiento con los que más la necesitaban.
En el día, la Negra vendía empanadas crujientes en el centro de la ciudad. Pero después de manera furtiva pasaba sus noches cálidas y húmedas en las arenas de Maurica, una playa poco frecuentada y traicionera, en la que todavía abundan los guacucos con sus conchas que se atrincheran en los rastrillos. Ya había perdido el número de cuántos amantes habían recibido sus favores mientras aplastaba las almejas con sus pies para recogerlas en una bolsa de plástico.
Durante la luna llena el brillo plateado de su oscura piel mojada ejercía un magnetismo indescriptible. Sus caderas se contoneaban y se retorcían al ritmo de un tambor lejano. Sus brazos alzados y entornados jugueteaban con las estrellas del universo como queriéndolas tener para ella sola. Pero una noche de esas desenfrenada, sin luna, se abrazó a las olas y el mar se la tragó. Nadie supo en qué momento de la rumba y los vapores etílicos ella no apareció más entre la espuma blanca. No dejó rastros por mucho que buscaron su cuerpo en la oscuridad. Su sensualidad exuberante de diosa de ébano fulgurante se la había llevado el viento. Sólo la esfera plateada y las palmeras llevaban la cuenta de sus amores efímeros.
Gino, el amante italiano más consecuente de todos, le echó rosas amarillas a las olas de Maurica en su memoria. Hundió sus manos en la arena para recoger los guacucos con los que había faenado con su diosa durante tantos meses. Fue abriéndolos uno a uno y su sabor salado en la boca le recordó la sabrosa perla negra de su mulata. Se volvía loco comiendo la carne cruda y viva del molusco con limón. Había descubierto que así podía revivirla. El mar le había robado lo que más había deseado en su vida pero se lo regresaba ahora con las conchas y la espuma blanca que le acariciaba los pies.
Todavía quedan muchos que recuerdan con placer sus empanadas de guacuco, de cazón o de calamar con camarón. El fósforo era su especialidad. Candela pura. El rompe colchón. La Negra supo combinar los frutos del mar con la masa de maíz. Aprendió a fusionar la gastronomía con “el sexo sin fronteras” sin pasar antes por una academia. Lo que le había enseñado su novio italiano, de cenar “espagueti a la vóngola” con la salsa de las almejas que habían recogido en la playa de Maurica, se lo aplicó a la tortilla de maíz con relleno afrodisíaco para las empanadas fritas. Todo un éxito inesperado.
Ahora, los buhoneros o vendedores ambulantes prefieren ocultar el monumento que le han dado, tal vez para ahorrarles la explicación a sus vástagos. Nadie puede verla aunque está arrumada en el rincón más transitado del boulevard llamado La Chica. Los tarantines la tapan.
Sus nueve hijos morenos –unos más tostados por el sol que otros- no saben o no recuerdan quienes fueron sus progenitores de ocasión. Unos tienen los ojos azules, otros verdes y los últimos pardos o más claros tirando al ámbar o la miel. El mayor tiene el pelo amarillo ensortijado –lo apodan el Cerro Prendido-, otros marrón ondulado y los menores tienen el cabello negro ensortijado con la piel blanca y los ojos verdes saltones. Las hijas se alisan el cabello con un producto químico para que nadie sospeche que nacen crespos.
Lo único que saben sus descendientes es que les gusta la fusión. Claro, lo llevan en sus genes y así lo demuestran en sus oficios. Experimentan pasión con la mezcla de colores en la pintura, en la cocina, en la moda, en el diseño, y ni hablar de la cama. No pueden negar que siguen el legado multicolor de la madre.
Ludmila Vinogradoff
